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Soledad asistida: pantallas, inteligencia artificial y alfabetización digital crítica en la vejez

  • Foto del escritor: Jorge Alberto Hidalgo Toledo
    Jorge Alberto Hidalgo Toledo
  • hace 19 horas
  • 5 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Nombrar el fenómeno es ya una toma de postura. Hablar de soledad asistida implica reconocer que la tecnología y, de manera creciente, la inteligencia artificial, ha comenzado a ocupar un lugar que durante siglos perteneció casi en exclusiva al vínculo humano. No se trata únicamente de acompañar, informar o facilitar tareas cotidianas, sino de habitar el vacío, de amortiguar la ausencia, de responder (aunque sea de forma simulada) al eco persistente de la soledad.


Los datos confirman que este no es un fenómeno marginal ni anecdótico. En México, según datos del INEGI, 81.2% de la población de seis años o más utilizó internet en 2023, lo que equivale a cerca de 97 millones de personas. Más revelador aún es el desplazamiento generacional del ecosistema digital: el grupo de 65 años o más pasó de 24.0% de usuarios en 2020 a 39.2% en 2023, evidenciando un crecimiento sostenido y acelerado en apenas cuatro años. El mayor incremento reciente se registró incluso en el segmento 55–64 años, con un aumento de 6.9 puntos porcentuales entre 2022 y 2023, lo que confirma que la vejez mexicana ya no se sitúa fuera del entorno digital, sino cada vez más dentro de él.


Esta expansión de la conectividad ocurre, sin embargo, sobre un terreno emocional frágil. A escala global, un meta-análisis publicado por Humanities & Social Sciences Communications en 2025 reporta que 27.6% de los adultos mayores experimentan soledad, con un intervalo de confianza que oscila entre 25.5% y 29.8%, lo que la convierte en un fenómeno estructural de la vejez contemporánea y no en una excepción biográfica. La Organización Mundial de la Salud ha advertido de manera reiterada que la soledad y el aislamiento social constituyen factores de riesgo clave para el deterioro de la salud mental, cognitiva y emocional en esta etapa de la vida.


En este cruce entre mayor conectividad y mayor soledad emerge un tercer vértice inquietante: la vulnerabilidad. En Estados Unidos, según datos de la Federal Trade Commission, las pérdidas económicas por fraude reportadas por personas de 60 años o más se cuadruplicaron entre 2020 y 2024, pasando de aproximadamente 600 millones de dólares a 2.4 mil millones de dólares anuales. Los informes técnicos detallan que este crecimiento no se explica solo por el número de casos, sino por pérdidas individuales cada vez más altas, frecuentemente asociadas a estafas de inversión, romance o suplantación de identidad, muchas de ellas potenciadas por tecnologías de automatización, personalización algorítmica y simulación de cercanía emocional.


Pantallas cada vez más presentes en la vida cotidiana de los adultos mayores, una prevalencia significativa de soledad y un entorno digital donde la inteligencia artificial amplifica los riesgos de manipulación afectiva y financiera configuran así un triángulo crítico. La pantalla comienza a operar como compañía; la IA, como mediadora de presencia; y la alfabetización digital crítica, como condición ética ineludible para evitar que la soledad deje de ser únicamente asistida y se convierta en explotada.

En la tercera edad, esta condición adquiere una densidad particular. A diferencia de la adolescencia (donde la pantalla suele funcionar como espejo identitario y promesa de futuro), en la vejez aparece con frecuencia como último interlocutor, como presencia constante frente al silencio doméstico, la pérdida del otro y la contracción progresiva del mundo social. La pregunta de fondo, entonces, no es tecnológica. Es profundamente humana: ¿qué significa acompañar cuando el acompañante es un sistema algorítmico diseñado para responder, pero no para cuidar?


El vacío administrado

La soledad en la vejez no es un accidente biográfico ni una anomalía individual. Es una consecuencia estructural de procesos demográficos, culturales y económicos: el envejecimiento poblacional, la fragmentación de los núcleos familiares, el debilitamiento de las comunidades presenciales y la aceleración de la vida social hacia entornos digitalizados. En este contexto, las pantallas irrumpen como mediadores de presencia. El teléfono móvil, la tableta, el asistente de voz o la plataforma digital no solo informan: acompañan. Se integran en rutinas, adquieren un tono familiar, ofrecen continuidad.


La inteligencia artificial intensifica esta experiencia. Al aprender patrones, gustos y horarios, produce una sensación de cercanía que roza la intimidad. Sin embargo, esta cercanía es ontológicamente distinta al encuentro humano. No hay alteridad en sentido pleno, sino simulación de respuesta.


La soledad asistida no elimina la soledad: la gestiona. La vuelve soportable, pero también menos visible, menos urgente, menos interpeladora para la sociedad.


Aquí se revela una paradoja profunda de la hipermodernidad: mientras más dispositivos diseñamos para acompañar, más delegamos el acto mismo de estar con el otro. Como advertía Zygmunt Bauman, vivimos en una modernidad líquida donde los vínculos se vuelven frágiles y reversibles; la tecnología, en lugar de reparar esa fragilidad, puede terminar administrándola.


La cortesía de la máquina

Para muchos adultos mayores, la inteligencia artificial no llega como innovación disruptiva, sino como extensión silenciosa de servicios ya naturalizados: recomendaciones automáticas, mensajes sugeridos, recordatorios, conversaciones simuladas. La máquina no se presenta como máquina, sino como interfaz amable. Este gesto de cortesía tecnológica encierra una tensión ética central: cuando la IA ocupa el lugar del diálogo cotidiano, ¿fortalece la autonomía o normaliza la sustitución del cuidado humano?


El riesgo no reside en el uso, sino en la naturalización del reemplazo. Cuando la presencia artificial deja de ser complemento y se convierte en horizonte relacional único, la sociedad corre el riesgo de institucionalizar la ausencia. La soledad asistida, así, puede transformarse en coartada cultural: si la pantalla acompaña, ¿para qué insistir en el encuentro?


Vulnerabilidad y captura afectiva

La vejez combina experiencia vital con fragilidad contextual. Muchos adultos mayores se aproximan al entorno digital desde la lógica de la confianza interpersonal, no desde la sospecha técnica. Este desfase los vuelve particularmente vulnerables frente a sistemas capaces de simular cercanía, urgencia o autoridad. La IA amplifica esta vulnerabilidad: fraudes personalizados, suplantación de identidad, voces sintéticas que imitan a familiares, mensajes emocionalmente diseñados para activar respuestas inmediatas.


La pantalla deja de ser ventana y se convierte en espacio de manipulación afectiva. Aquí la soledad juega un papel decisivo: quien carece de interlocutores presenciales tiende a confiar más intensamente en quien responde, aunque ese “quien” sea un algoritmo. La soledad asistida puede devenir, sin estridencias, en soledad explotada.


Alfabetizar el sentido

Frente a este escenario, la alfabetización digital en la vejez no puede reducirse al aprendizaje instrumental. Saber usar un dispositivo es condición necesaria, pero no suficiente. Se requiere una alfabetización digital crítica que permita comprender el ecosistema simbólico y algorítmico que sostiene la experiencia digital.


Alfabetizar críticamente implica reconocer cuándo se interactúa con personas y cuándo con sistemas automatizados; comprender que la IA no acompaña por empatía, sino por diseño; desarrollar criterios para identificar manipulación, fraude y desinformación; y preservar la autonomía emocional frente a la simulación del vínculo. Como señala Sherry Turkle, corremos el riesgo de estar alone together: acompañados por dispositivos, pero empobrecidos en la experiencia del encuentro.


Esta alfabetización no es técnica, sino ética. No busca expulsar a la tecnología, sino reubicarla. Se trata de aprender a habitar el entorno digital sin renunciar a la dignidad relacional, sin confundir respuesta con cuidado, ni presencia con proximidad.


La deuda del cuidado

La pregunta decisiva no es si la inteligencia artificial puede acompañar a los adultos mayores, sino qué estamos dejando de hacer como sociedad cuando aceptamos que lo haga en nuestro lugar. La soledad asistida no es un fallo tecnológico; es el síntoma de una cultura que externaliza el cuidado. Pensar éticamente la IA en la vejez exige recuperar una lógica de corresponsabilidad: diseño centrado en la persona, políticas públicas de inclusión digital, programas de acompañamiento intergeneracional y una narrativa que no celebre la sustitución, sino la mediación.


La inteligencia artificial puede aliviar, conectar y apoyar. Pero ninguna arquitectura algorítmica puede sustituir la densidad simbólica de un vínculo humano. La pantalla puede acompañar; no puede hacerse cargo del otro. La pregunta que queda suspendida, incómoda, inevitable, es si estaremos dispuestos a reaprender el arte de estar presentes, o si preferiremos delegar esa tarea a sistemas cada vez más eficientes en simular lo que hemos dejado de practicar.

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