La identidad como relato hipermedial del yo en la era de la inteligencia artificial
- Jorge Alberto Hidalgo Toledo
- hace 2 días
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
La identidad es esa construcción social que permite entender la relación del sujeto con su entorno y su historia. Es una forma de exteriorización y materialización simbólica y codificada de cómo quiere ser interpretado en el mundo.
Desde esta premisa, la identidad deja de ser un atributo fijo, esencial o puramente interior para revelarse como un proceso narrativo en permanente negociación. El sujeto no “es” de una vez y para siempre: se dice, se cuenta, se representa. La identidad acontece como relato situado, atravesado por memorias, contextos, vínculos y mediaciones. En ese sentido, toda identidad es una puesta en escena del yo frente a los otros y frente a sí mismo, una gramática simbólica que traduce la experiencia vivida en signos socialmente legibles.
Los medios de comunicación se han convertido en el principal dispositivo a través del cual el individuo produce, reproduce, almacena y difunde dicha representación. No son meros canales neutros ni simples soportes técnicos: constituyen el espacio mismo donde se articula el entramado identitario. Habitar los medios es hoy una condición ontológica del ser social. En ellos, el sujeto ensaya versiones de sí, selecciona fragmentos de su historia, edita sus recuerdos y jerarquiza sus experiencias. La identidad se vuelve así una narrativa de somatización de la realidad: una forma de explicar el mundo y, al mismo tiempo, de ubicarse corporal, emocional y simbólicamente en él.
Los medios operan como una membrana semiótica que dota de sentido a la experiencia. En ellos, las personas no solo se expresan, sino que se autodefinen, se legitiman, se institucionalizan y buscan validación consensual. Esta membrana no separa al sujeto del mundo; por el contrario, lo conecta, lo filtra y lo reconfigura. Como toda membrana viva, es porosa, sensible y reactiva: permite el intercambio constante entre lo interior y lo exterior, entre la biografía personal y las narrativas colectivas.
La identidad, entendida como unidad discursiva, refleja una visión del mundo y un modo de actuar sobre él. No es únicamente lo que se dice, sino cómo se dice, desde dónde y con qué recursos simbólicos. En este punto, los medios, asumidos como esfera pública ampliada, se configuran como redes de relaciones donde los otros aparecen como extensiones del propio sujeto. No se trata de una disolución del yo, sino de su expansión relacional. Los medios funcionan como puentes de significación y como escenarios de socialización multidimensional en los que se comparten sentidos, afectos, conflictos y aspiraciones.
En este flujo continuo se conjuntan los procesos de significación que organizan la vida cotidiana. Nombramos, ordenamos y legitimamos nuestras visiones del mundo en un espacio civil saturado de imágenes, relatos, métricas y algoritmos. Allí, los sujetos se perciben, se comparan y se validan. La vida social se vuelve, en buena medida, una vida narrada, medida y observada.
La i-dentidad hipermedial emerge entonces como abstracción y proyección: una síntesis narrativa de historia, recuerdos, experiencias, relaciones, encuentros y desencuentros contados por uno mismo en múltiples escenarios hipermediáticos. No es una identidad fragmentada en el sentido del vacío, sino una identidad secuencial, procesual, compuesta por capas de sentido que se activan según el contexto y la interfaz. Los hipermedios operan como constelaciones expresivas que median el mundo; secuencias significantes donde convergen texto, imagen, sonido, datos y emociones.
En este punto irrumpe la inteligencia artificial como una nueva capa de mediación que complejiza radicalmente el proceso identitario. La IA no solo amplifica la capacidad de producción y circulación de narrativas del yo; introduce una lógica algorítmica que aprende, predice y sugiere formas de representación. La identidad ya no se construye únicamente en diálogo con otros sujetos, sino también en interacción con sistemas inteligentes que recomiendan, jerarquizan y visibilizan ciertos rasgos del yo por encima de otros.
La IA actúa como un espejo entrenado estadísticamente: devuelve al sujeto una imagen de sí basada en patrones, correlaciones y probabilidades. Este espejo no es inocente. Al sugerir qué mostrar, cuándo hacerlo y a quién dirigirlo, participa activamente en la configuración del relato identitario. Se abre así una tensión ética fundamental: ¿hasta qué punto el yo narrado sigue siendo una expresión autónoma y hasta qué punto se convierte en una coautoría humano-algorítmica?
La identidad, en este contexto, puede comprenderse como comunicación de significados emitidos, recibidos, procesados y recodificados que habitan como instancias simbólicas en un espacio del yo que se reproduce socialmente. Un no-lugar que cohabita en el ciberespacio, pero que tiene efectos muy reales sobre la autoestima, el reconocimiento, la pertenencia y la exclusión. La existencia encuentra allí una forma de plenitud simbólica, pero también de vulnerabilidad.
Los sujetos contemporáneos se tornan agentes que producen, comunican, consumen y almacenan los aspectos narrativos de su vida en interfaces de mediación cada vez más inteligentes. Con ello, los medios devienen interfaces culturales que mediatizan las identidades y convierten la vida en una experiencia que oscila entre lo vicario y lo real. La inteligencia artificial intensifica esta oscilación al ofrecer simulaciones de presencia, memoria y reconocimiento que reconfiguran nuestra relación con el tiempo, el cuerpo y la alteridad.
En este escenario, la pregunta no es si la identidad seguirá siendo mediada, sino qué tipo de humanidad queremos inscribir en esas mediaciones. Si la identidad es relato, y la IA participa ya en su escritura, la responsabilidad ética consiste en no delegar por completo el sentido de nuestra historia a sistemas que no experimentan el mundo, pero sí lo ordenan. La tarea urgente es reaprender a narrarnos con conciencia crítica, para que el yo no quede reducido a una estadística optimizada, sino que conserve la densidad simbólica, relacional y ética que lo hace verdaderamente humano.




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