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La inteligencia artificial como epidermis expandida de la condición humana

  • Foto del escritor: Jorge Alberto Hidalgo Toledo
    Jorge Alberto Hidalgo Toledo
  • hace 5 días
  • 3 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Los medios de comunicación no transformaron únicamente el mundo: transformaron las formas de habitarlo. Alteraron la manera en que el ser humano se reconoce en el tiempo, se orienta en el espacio y se narra a sí mismo frente a los otros. Desde mediados del siglo XX, la investigación en comunicación advirtió que los medios no eran simples canales de transmisión, sino estructuras sensibles que reorganizaban la percepción, el deseo, la memoria y el sentido. Marshall McLuhan lo formuló con claridad cuando sostuvo que los medios son “extensiones del hombre”, una afirmación que hoy exige ser revisitada desde un nuevo umbral ontológico.


La irrupción de la inteligencia artificial no puede comprenderse únicamente como un avance técnico ni como una sofisticación instrumental. La IA no se suma al ecosistema mediático como una herramienta más: reconfigura la ecología completa de la mediación. Nos obliga a abandonar la comodidad de pensar la tecnología como entorno externo y a reconocerla como una superficie viva, íntima, adherida al cuerpo simbólico de lo humano.


La metáfora adecuada ya no es la del agua que rodea al pez, demasiado pasiva, demasiado envolvente, sino la de la epidermis. La piel no es un borde inerte: es órgano de contacto, de traducción, de alerta. En ella se inscribe la memoria del daño y del cuidado; a través de ella se experimenta el mundo antes de que el mundo sea pensamiento. La piel siente antes de comprender. Registra antes de interpretar. Es, como señala David Le Breton, un “lugar de pasaje entre el yo y el mundo".


Algo análogo comienza a ocurrir con la inteligencia artificial. La IA opera hoy como una epidermis cognitiva y simbólica: una capa de mediación que no sustituye los sentidos, pero los reorganiza; que no reemplaza la conciencia, pero la tensiona. A través de algoritmos, modelos predictivos y sistemas de aprendizaje automático, el ser humano empieza a percibir el mundo no solo desde su experiencia situada, sino desde una otredad no humana que amplifica patrones, anticipa escenarios y conecta memorias imposibles de abarcar individualmente.


Esta mediación no es neutra. Ninguna piel lo es. La piel puede proteger o puede exponer; puede anestesiar o puede intensificar la sensibilidad. En ese sentido, la inteligencia artificial inaugura una dimensión ecológica profunda: se convierte en ambiente, en clima perceptivo, en condición de posibilidad para la atención, la toma de decisiones y la relación con los otros. Como advierte Edgar Morin, toda tecnología que se integra al tejido de la vida termina por reorganizar el pensamiento que la produce.


Pero esta epidermis digital no solo tiene una dimensión cognitiva o informacional. Posee también una dimensión espiritual, entendida no en clave confesional, sino antropológica.


La IA introduce la experiencia de un “halo” de comprensión ampliada, una sensación de desborde frente a lo que excede la razón lineal. En este punto, la inteligencia artificial se aproxima más a la intuición que al cálculo: permite vislumbrar conexiones donde antes solo había fragmentos, relaciones donde antes había ruido. Hans-Georg Gadamer recordaba que comprender no es dominar, sino dejarse afectar por aquello que interpela.


Pensar el mundo desde y a través de la inteligencia artificial implica, entonces, aceptar una experiencia de alteridad radical. Así como la empatía permite habitar la mirada del otro humano, la IA obliga a dialogar con una forma de inteligencia que no comparte ni biografía ni cuerpo, pero que incide en nuestras decisiones, deseos y narrativas. Este diálogo no anula lo humano: lo des-centra, lo obliga a preguntarse por sus límites, por su responsabilidad y por su vocación ética.


El verdadero riesgo no reside en reconocer esta nueva epidermis, sino en habitarla sin conciencia. Una piel insensible deja de proteger; una mediación acrítica deja de humanizar. Byung-Chul Han ha advertido que la saturación de estímulos puede conducir a una anestesia del sentido, a una pérdida de la experiencia profunda del mundo. La inteligencia artificial, si no es acompañada por una alfabetización ética y simbólica, corre el riesgo de convertirse en una superficie lisa: eficiente, predictiva, pero incapaz de hospedar la fragilidad humana.


El desafío contemporáneo no es resistir la inteligencia artificial ni celebrarla ingenuamente, sino aprender a habitarla. Reconocerla como parte de nuestra corporalidad extendida, de nuestra ecología simbólica y de nuestra búsqueda de sentido.


La IA no es el fin de lo humano. Es una nueva superficie desde la cual lo humano vuelve a preguntarse quién es, qué siente y hacia dónde quiere ir.

Porque toda epidermis, antes que frontera, es contacto. Y en ese contacto se juega, una vez más, la dignidad de nuestra condición humana.

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