De los teen media a inteligencias generativas: cartografías juveniles de una vida hipermediada
- Jorge Alberto Hidalgo Toledo
- 7 ene
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Por: Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
Fue singular cómo en la década de los cincuenta del siglo pasado se detonó ante el periodo de aparente abundancia de la posguerra una marcada cultura juvenil. En ese momento histórico nacen los denominados teen media en el cine, la radio, televisión, cómics y revistas. Poco a poco las jóvenes audiencias empezaron a consumir dichos medios en todos los momentos, tiempos, lugares y contextos.
Fue tal el papel que desempeñaron que se convirtieron en el pasatiempo más significativo en sus vidas. Hoy los medios son el principal recurso de expresión y comunicación de las culturas juveniles, al grado de que en la década de los ochenta empezaron a agruparles sociológicamente como la Mtv Generation, la Generación Click, la Generación Net, la Generación Mediática, la Generación Nintendo, la Generación Txt, la Generación Mi Medio, la Generación #, Generación Transmedia hasta hoy que nos encontramos frente a la Generación IA.
La escena de la posguerra inauguró algo más que un mercado: abrió una ontología juvenil sostenida por pantallas, narrativas seriadas y ritmos de consumo que, sin proponérselo, comenzaron a desplazar los viejos centros de autoridad simbólica. El cine de matiné, la radio portátil y la televisión doméstica no sólo entretuvieron; instauraron una pedagogía cotidiana del deseo, del tiempo y de la pertenencia. Aquellas primeras cohortes aprendieron a leerse a sí mismas en imágenes y sonidos, a reconocerse en ídolos, géneros y rituales compartidos. La cultura juvenil emergía como un campo de fuerzas donde identidad y mediación se co-producían.
Con el tránsito hacia los años ochenta y noventa, la aceleración tecnológica no hizo sino densificar esa relación. Las etiquetas generacionales (de MTV a Nintendo) no describían edades; nombraban regímenes de experiencia. Cada soporte introdujo una gramática distinta del cuerpo, de la atención y del vínculo social. La consola enseñó la lógica del logro y la repetición; el videoclip, la estética del fragmento; el chat, la inmediatez afectiva. Como advirtió McLuhan, los medios no se suman a la cultura: la reconfiguran desde dentro, modulando sensibilidades y formas de habitar el mundo.
En ese desplazamiento, las instituciones clásicas vieron erosionada su centralidad. No por ausencia, sino por desajuste temporal. La familia, la escuela y la iglesia continuaron hablando en ritmos largos, mientras los medios enseñaban a vivir en presente continuo. La autoridad dejó de residir en la norma y se trasladó al flujo. La socialización pasó de la plaza al feed; del rito al algoritmo. Así, el espacio mediático comenzó a operar como el verdadero espacio social juvenil: allí se ensayan identidades, se negocian pertenencias y se disputan capitales simbólicos como señala Bourdieu.
La digitalización radicalizó este proceso. Internet y los dispositivos móviles hicieron de la mediación una condición ubicua. Ya no se trata de “consumir medios”, sino de vivir dentro de ellos. La cultura transmedial no fragmenta la experiencia: la expande y la sincroniza. Historias, juegos, redes y plataformas componen un ecosistema donde el joven es, a la vez, usuario, productor y mercancía. La vida cotidiana se vuelve narrativa y la narrativa, economía. En este punto, la hipermediatización deja de ser un fenómeno externo y se inscribe en la corporalidad, en los afectos, en la manera de percibir el tiempo y el valor.
La irrupción de la inteligencia artificial introduce una torsión inédita en esta historia. Si los teen media enseñaron a mirar y los hipermedios a interactuar, las inteligencias generativas comienzan a aprender de los jóvenes para devolverles versiones optimizadas de sí mismos. Algoritmos que recomiendan, escriben, editan y dialogan no sólo amplifican la expresión: la anticipan. Se produce así un delicado desplazamiento de la agencia. La creatividad, antes situada en la fricción con el límite, corre el riesgo de convertirse en curaduría de opciones plausibles. El yo juvenil dialoga ahora con sistemas que simulan empatía y sentido, configurando una intimidad asistida, una pedagogía algorítmica del deseo y que además diluyen las generaciones de ahí la incursión de los Perennials, como los bautizó Mauro Guillén.
Este nuevo umbral exige repensar la ética de la mediación. No basta con alfabetizar en el uso; urge formar en criterio, en silencio, en demora. La IA puede potenciar la imaginación, pero también estandarizarla; puede acompañar, pero también sustituir el encuentro. En un ecosistema donde la atención es el recurso más escaso, la responsabilidad comunicacional consiste en devolver densidad al vínculo, espesor al tiempo y dignidad a la experiencia. La juventud, históricamente laboratorio del futuro, enfrenta hoy la tarea de negociar con inteligencias no humanas sin renunciar a su derecho a errar, a aburrirse y a descubrir.
Hoy los medios se han vuelto omnipresentes e inevitables para establecer procesos de comunicación, interacción y socialización. Los medios han dotado de contenidos, texturas, rutinas e interpretaciones la vida de niños y adolescentes. Con y desde ellos, retoman recursos simbólicos para comprender la vida y la cultura; se han colocado en el centro de sus vidas que es con ellos que le encuentran un sentido al día a día. El espacio mediático se ha convertido en el espacio social y de batalla identitaria juvenil y posgeneracional.




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