La vida extendida: medios, mediaciones e inteligencia artificial
- Jorge Alberto Hidalgo Toledo
- 5 ene
- 4 Min. de lectura

Por: Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
Desde sus orígenes los medios han jugado un papel fundamental en la vida de las personas y en la historia misma de la humanidad. El pintura y la escritura permitieron extender la memoria del hombre; como soporte, resguardaron las historias, los procesos y las estructuras sociales. La iconografía, se obsesionó por la representación, la emulación y reproducción de la realidad con la intensión de ser espejo y refracción del mundo, sus misterios y sacralidad. Mientras las imágenes apelaron a su condición referencial e índex, la escritura allanó la abstracción, los imaginarios; intentó con todo atrapar el pensamiento.
La historia de los medios es, en el fondo, una arqueología del deseo humano por permanecer. Cada tecnología de mediación no solo respondió a una necesidad técnica, sino a una pulsión ontológica: vencer el olvido, domesticar el tiempo, dar forma estable a aquello que es por naturaleza efímero. Pintar, escribir, grabar, narrar, filmar o transmitir han sido, más que actos comunicativos, gestos civilizatorios. El ser humano no se conformó con vivir; necesitó dejar huella, convertir la experiencia en relato, el instante en memoria compartida.
La imprenta inauguró una ruptura decisiva al multiplicar la palabra y fracturar el monopolio del saber. El conocimiento dejó de ser un privilegio custodiado para convertirse en una corriente en expansión. Leer fue, desde entonces, una forma de habitar mundos ajenos, de internalizar otras voces, de dejar que el pensamiento del otro reconfigurara el propio. La imprenta no solo masificó ideas: instauró una nueva arquitectura cognitiva, una manera distinta de organizar la razón, la autoridad y la verdad.
Con la fotografía ocurrió algo distinto. Si la escritura había operado sobre la abstracción, la imagen técnica operó sobre la evidencia. El mundo, de pronto, podía ser detenido, seccionado, coleccionado. El instante se volvió objeto. La realidad, fragmento. El sujeto, registro. La fotografía no solo democratizó la memoria social; también instauró una nueva relación con el tiempo y con el yo. Existir comenzó a significar aparecer, quedar inscrito en un archivo visual que otorgaba lugar, identidad y pertenencia.
El cine profundizó esa operación al dotar a las imágenes de duración, ritmo y emoción. La ilusión se volvió narrativa y la narrativa, experiencia sensorial. Como el libro, el cine estructuró mundos posibles, pero lo hizo desde la seducción de lo visible. La vida empezó a mirarse a sí misma como representación, como secuencia, como montaje. En esa lógica, el espectador aprendió a habitar realidades vicarias, a reconocerse en historias que no eran propias y, sin embargo, lo interpelaban en lo más íntimo.
La radio, por su parte, apostó por lo invisible. Compactó la voz, la desprendió del cuerpo y la convirtió en frecuencia. El mundo se volvió sonido, evocación, presencia mental. La radio fue una pedagogía de la imaginación: obligó a completar lo ausente, a construir imágenes interiores, a confiar en la palabra como vehículo de realidad. Allí, la mediación ya no requería materia visible; bastaba la vibración del aire y la escucha atenta.
La televisión sintetizó y aceleró todos estos procesos. Imagen, sonido, simultaneidad y alcance global confluyeron en un dispositivo que transformó la vida cotidiana. La realidad se volvió seriada, programada, recurrente. Los tiempos y espacios se comprimieron. Ver fue una forma de estar. Y, poco a poco, los medios dejaron de ser ventanas para convertirse en ambientes.
En ese tránsito, los medios se incorporaron a la vida de los sujetos hasta volverse testigos permanentes del mundo físico, imaginario y simbólico. Se deslizaron del espacio público al privado, de lo masivo a lo íntimo. Dejaron de ser simples canales para transformarse en el puente de significación por el que circulan tanto los grandes relatos como las narrativas del yo. Los medios se convirtieron en el hardware y el software desde el cual se explora, se navega y se comprende la realidad. Son máquinas, pero también territorios; prácticas, pero también organismos vivos en los que se amplifica, se confronta, se orienta y se decide quién pertenece y quién queda fuera.
La saturación mediática envolvió a las personas en una condición paradójica: ser, al mismo tiempo, usuarios de la mediación y materia prima de ella. En este escenario, las prácticas identitarias se expandieron y se proyectaron en los medios. La vida devino conversación ininterrumpida, flujo constante de códigos y narraciones. Ya no solo recibimos mensajes; en los medios reescribimos la vida, la editamos, la curamos, la ponemos en circulación.
Hoy, esta ecología mediática alcanza un nuevo umbral con la irrupción de la inteligencia artificial. Los medios ya no solo registran, transmiten o representan la realidad: ahora la interpretan, la anticipan, la recombinan. La IA introduce una mediación de segundo orden, una capa algorítmica que aprende de nuestras prácticas, las modela y, en muchos casos, las prescribe. La memoria deja de ser únicamente archivo para convertirse en sistema predictivo; la imagen deja de ser índice para transformarse en simulación; la palabra deja de ser solo expresión para volverse dato entrenable.
En este contexto, los medios no solo amplifican la experiencia humana, sino que comienzan a co-producirla. La frontera entre lo vivido y lo generado se vuelve difusa. La realidad ya no solo se mediatiza: se sintetiza. Y con ello emerge una pregunta de fondo sobre la condición humana en ecosistemas inteligentes: ¿qué significa habitar un mundo donde la mediación no solo refleja al sujeto, sino que aprende de él y lo reconfigura?
Persona, espacio y lugar cohabitan hoy en lenguajes convertidos en material simbólico de consumo y cálculo. Hay vida en, con y desde los medios, pero también hay decisiones automatizadas, sesgos incorporados y narrativas optimizadas. La inteligencia artificial intensifica la mediatización de la existencia y obliga a replantear la responsabilidad ética de habitar estos territorios. No se trata únicamente de qué hacen los medios con nosotros, sino de qué tipo de humanidad estamos delegando a sistemas que operan sin conciencia, pero con profundo impacto sobre ella.
En el corazón de este proceso, la vida social sigue anclándose a los sistemas de codificación y descodificación mediática. El espacio donde se construye, se vive y se comprende nuestra humanidad continúa siendo el de los medios, ahora atravesados por inteligencias no humanas. La interacción permanente con estos sistemas nos moldea, nos afecta y redefine nuestro lugar en el mundo, así como nuestras formas de conocerlo y comprenderlo.
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