La muerte del smartphone vs. el cyborg cotidiano
- Ricardo Ignacio Prado Hurtado
- 5 dic 2025
- 4 Min. de lectura

Por: Dr. Ricardo Ignacio Prado Hurtado. Profesor investigador del CICA.
El smartphone fue el resultado creativo emblemático que detonó la revolución digital móvil a comienzos del siglo XXI: condensó cámara, computadora, GPS y redes sociales en un solo objeto, reorganizando nuestra vida cotidiana. Pero, como todo dispositivo histórico, parece haber cumplido su ciclo. Hoy, incluso figuras centrales del ecosistema tecnológico como Elon Musk anuncian su final y preparan el terreno para una nueva generación de interfaces dominadas por la inteligencia artificial (IA) y los dispositivos usables (wearables).
En una conversación reciente con Joe Rogan, recogida por el portal Palabras Claras, Musk afirmó que los teléfonos “tal como los conocemos” están viviendo sus últimos años. En lugar de un smartphone tradicional, imagina un “nodo periférico para la inferencia de IA”: básicamente, una pantalla con audio que sirve solo como punto de acceso a sistemas de inteligencia artificial capaces de generar video, texto y acciones complejas a partir de instrucciones habladas. Musk incluso sugiere un horizonte de apenas cinco o seis años para este cambio de paradigma (Agencias Noticias, 2025).
Más allá del estilo provocador de Musk, su predicción coincide con una tendencia medible: el auge de los wearables. El smartphone es poderoso, pero no orgánico. Ocupa las manos, exige atención visual constante y nos obliga a adaptar el cuerpo a la pantalla, no al revés. En cambio, los wearables, lentes, relojes, anillos, ropa inteligente, se integran a gestos que ya tenemos interiorizados: mirar, caminar, levantar la mano. De ahí que muchos analistas consideren que la “computadora personal del futuro” no será un rectángulo de vidrio, sino un conjunto de accesorios casi invisibles que llevamos puestos.
Los datos acompañan esta intuición: el mercado global de tecnología wearable se estimó en unos 84 mil millones de dólares en 2024 y podría superar los 186 mil millones en 2030, impulsado por relojes, gafas, prendas y anillos conectados (Grand View Research, 2024). No solo se trata de cuantificar pasos o ritmo cardiaco, sino de integrar asistentes de IA que traducen, recomiendan, sugieren rutas, filtran información y, en el límite, sustituyen muchas funciones que hoy asociamos al smartphone.
Sin embargo, el siguiente paso es mucho más polémico: el salto de los wearables exógenos (los que se pueden poner y quitar) a los wearables endógenos o implantes, que nos convierten en auténticos cyborgs. Aquí entran los implantes cocleares para personas sordas, los proyectos de ojos biónicos y, sobre todo, las interfaces cerebro-computadora (BCI) como las de Neuralink, la empresa de Musk. Neuralink ya obtuvo autorización para ensayos clínicos en humanos e implantó su dispositivo en personas con parálisis, permitiéndoles controlar un cursor o una computadora con el pensamiento mediante un chip y finísimos hilos insertados en la corteza cerebral (Neuralink, 2023; 2025; Kleeman, 2025).
Desde una perspectiva ética, la distinción clave es nítida: no es lo mismo insertar cables en el cerebro para recuperar capacidades perdidas que hacerlo para mejorar las de personas sanas. En el primer caso, hablamos de intervenciones terapéuticas, restaurar visión, audición, movilidad, que responden a una lógica médica de cuidado. En el segundo, nos desplazamos a un mercado de optimización humana, donde la memoria, la velocidad de razonamiento o la concentración se vuelven productos premium para quienes puedan pagarlos.
Mientras estos implantes se presenten como soluciones médicas, es probable que se mantengan relativamente al margen del debate público más profundo; nadie quiere ponerse en la posición de negar una tecnología que devuelve la movilidad o la comunicación a una persona con discapacidad. Pero cuando estas mismas tecnologías se ofrezcan como opciones comerciales para ampliar capacidades, un ojo “mejor que el humano”, un chip para aprender más rápido, la discusión se intensificará: ¿qué tipo de desigualdad producirá esta brecha neurotecnológica?, ¿quién controlará los datos generados directamente por el cerebro?
Jean Baudrillard nos da un marco potente para leer este proceso. Sostiene que vivimos en una cultura donde los signos y las pantallas no solo representan la realidad, sino que la sustituyen, produciendo una hiperrealidad en la que la frontera entre lo real y lo simulado se borra (Baudrillard, 1994). El smartphone fue el objeto-fetiche de esa hiperrealidad. Los wearables, y, sobre todo, los implantes, representan la siguiente fase: la pantalla deja de estar frente al cuerpo para incrustarse en él. El mapa ya no cubre al territorio: el mapa somos nosotros.
Slavoj Žižek, se pregunta qué ocurre con la libertad cuando existe un enlace directo entre procesos mentales y máquinas digitales (Žižek, 2020). Si la conectividad cerebral deja de pasar por teclados, pantallas y decisiones conscientes, la ideología, las estructuras invisibles que organizan lo que vemos y deseamos, podría arraigarse a nivel neuronal. El problema no es solo quién fabrica el chip, sino quién define qué significa “funcionar mejor” y bajo qué parámetros se ajusta nuestro pensamiento.
En este horizonte, la tesis de Musk sobre el “fin del smartphone” puede leerse menos como una ruptura y más como una transición: del teléfono como centro de la experiencia digital al cuerpo como interfaz permanente. Los wearables externos parecen, por ahora, la opción más razonable: orgánicos en su uso, pero todavía removibles y negociables. Los implantes endógenos, en cambio, exigen un debate ético, político y filosófico mucho más profundo antes de que pasen de la clínica al supermercado.
El verdadero reto no es solo anticipar el dispositivo que sustituirá al smartphone, sino decidir, colectivamente, qué tipo de humanidad queremos cuando la tecnología deje de caber en el bolsillo y empiece a alojarse en la propia carne.
Referencias (formato APA 7)
Agencias Noticias. (2025, 5 de noviembre). Elon Musk predice fin de los celulares y la llegada de dispositivos dominados por IA. PalabrasClaras.mx. https://palabrasclaras.mx/tecnologia/elon-musk-predice-fin-de-los-celulares-y-la-llegada-de-dispositivos-dominados-por-ia/
Baudrillard, J. (1994). Simulacra and Simulation (S. F. Glaser, Trad.). University of Michigan Press. (Obra original publicada en 1981).
Grand View Research. (2024). Wearable technology market size, share & trends analysis report, 2025–2030. Grand View Research. https://www.grandviewresearch.com/industry-analysis/wearable-technology-market
Kleeman, J. (2025, 8 de febrero). Elon Musk put a chip in this paralysed man’s brain. Now he can move things with his mind. The Guardian. https://www.theguardian.com/science/2025/feb/08/elon-musk-chip-paralysed-man-noland-arbaugh-chip-brain-neuralink
Neuralink. (2023, 19 de septiembre). Neuralink’s first-in-human clinical trial is open for recruitment. Neuralink. https://neuralink.com/updates/first-clinical-trial-open-for-recruitment/
Neuralink. (2025, 5 de febrero). A year of telepathy. Neuralink. https://neuralink.com/updates/a-year-of-telepathy/
Žižek, S. (2020). Hegel in a wired brain. Bloomsbury Academic.




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